Las olas de calor llegan antes, duran más y se cobran más vidas: Europa sumó más de 181.000 muertes por calor en tres veranos. Frente a un fenómeno que va a ir a más, la ciencia apunta a una respuesta medible y asequible —la infraestructura verde— capaz de rebajar grados en la calle y evitar hasta un tercio de esas muertes.
El calor extremo ha dejado de ser una anécdota de verano para convertirse en un problema de salud pública. Y no es una impresión: los datos lo confirman año tras año.
Un fenómeno que ya no es excepción
En España, el número de olas de calor se ha duplicado en el último cuarto de siglo. Según la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), entre 2001 y 2025 se registraron 91 episodios, frente a los 43 del periodo anterior; los días de calor extremo pasaron de 210 a 510. En la última década se han batido 221 récords de días cálidos y solo 7 de días fríos.
El verano de 2025 fue el más cálido jamás medido en el país: 2,1 °C por encima de la media de 1991-2020 y 33 días bajo aviso de ola de calor. La tendencia es inequívoca: las olas de calor llegan antes, aprietan más y se prolongan durante más días.
La factura se paga en vidas
El calor mata, aunque casi nunca figure como causa en un certificado de defunción. El Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) estima que entre 2022 y 2024 el calor causó más de 181.000 muertes en Europa. Solo en el verano de 2024 fueron 62.775, con Italia a la cabeza.
En España, el Ministerio de Sanidad cifró en 2025 un aumento del 87 % en la mortalidad atribuida al calor respecto al año anterior. La carga recae sobre todo en las personas mayores y en quienes viven en viviendas mal aisladas o en barrios sin sombra. Hay, con todo, un dato esperanzador: ISGlobal calcula que, sin las medidas de adaptación adoptadas en lo que va de siglo, la mortalidad habría sido un 80 % mayor. Adaptarse funciona.
Por qué la ciudad hierve más: la isla de calor urbano
El asfalto, el hormigón y los tejados oscuros absorben la radiación solar de día y la devuelven de noche. El resultado es la isla de calor urbano: una ciudad puede estar varios grados más caliente que el campo que la rodea y, además, no refresca de noche, que es cuando el cuerpo necesita recuperarse.
No es un problema estético. Un estudio de ISGlobal publicado en The Lancet concluyó que más del 4 % de la mortalidad estival en las ciudades europeas es atribuible a la isla de calor urbano. Y ahí es donde la infraestructura verde deja de ser paisajismo para convertirse en salud pública.
El verde enfría, y está medido
La ventaja de los árboles es doble: dan sombra —bloquean la radiación antes de que caliente el suelo— y transpiran, un proceso que enfría el aire igual que el sudor enfría la piel. Y el efecto está cuantificado, no es intuición.
Un árbol maduro bien situado rebaja la temperatura bajo su copa entre 5 y 15 °C respecto a una superficie al sol. Un metaanálisis que reunió 182 estudios en 110 ciudades concluyó que el arbolado urbano baja la temperatura del aire entre 0,5 y 5,8 °C y la de las superficies hasta 12 °C. No todas las soluciones rinden igual: la combinación de árbol y arbusto enfría de media 3,6 °C, más del triple que el césped solo.
Del grado a la vida: cuántas muertes se evitan
Bajar grados se traduce en salvar vidas, y hay cifras para demostrarlo. El mismo equipo de ISGlobal calculó que alcanzar un 30 % de cobertura arbórea en las ciudades europeas evitaría un tercio de las muertes causadas por la isla de calor. A escala global, un estudio de la Universidad de Monash publicado en The Lancet Planetary Health estimó que aumentar un 30 % la vegetación urbana habría evitado hasta 1,16 millones de muertes por calor entre 2000 y 2019: más de un tercio del total.
El verde urbano ha dejado de ser un lujo ornamental para convertirse en infraestructura crítica de salud pública.
Ya funciona: de Medellín a las ciudades españolas
No es teoría. Medellín (Colombia) tejió desde 2016 una red de más de 30 corredores verdes que conecta 124 parques, con 120.000 plantas y 12.500 árboles en sus primeras fases. ¿El resultado? Una bajada de unos 2 °C de media —hasta 4 o 5 °C en los ejes intervenidos—, mejor calidad del aire y más biodiversidad, con una inversión por habitante modesta. El Banco Mundial lo cita como modelo replicable.
En España, el enfoque se abre paso. Barcelona aprobó un Plan del Arbolado con horizonte 2037 para elevar su cobertura vegetal del 5 % al 30 % y ha desplegado una red de más de 400 refugios climáticos: el 99 % de la población tiene uno a menos de diez minutos a pie. Otras ciudades siguen la estela —Bilbao, Murcia, Málaga, València—, aunque a distinta velocidad.
Más allá de los árboles: la caja de herramientas completa
La infraestructura verde es la palanca principal, pero no trabaja sola. Frente a un calor que irá a más, las ciudades que mejor se defienden combinan tres frentes a la vez.
- Arbolado y corredores verdes
- Cubiertas y fachadas vegetales
- Pavimentos fríos y de alto albedo
- Láminas de agua y fuentes
- Refugios climáticos accesibles
- Sombra: toldos y pérgolas
- Patios escolares climáticos
- Atención a personas vulnerables
- Planes municipales de calor
- Sistemas de alerta temprana
- Vigilancia de la mortalidad (MoMo)
- Mapas de calor por barrio
Qué debería hacer una ciudad ahora
La ventana de actuación se estrecha cada verano, y hay un detalle incómodo: un árbol tarda años en dar sombra útil. Plantar hoy es actuar sobre la ola de calor de dentro de una década. Cuatro pasos ordenan el trabajo.
El mensaje de la evidencia es claro y, por una vez, esperanzador: buena parte del daño de las olas de calor es evitable. No con una tecnología del futuro, sino con árboles, sombra, agua y planificación. La infraestructura verde no es el adorno de la ciudad; es una de sus infraestructuras más rentables. Y como toda infraestructura, se planta antes de necesitarla.
Fuentes: AEMET; Ministerio de Sanidad (sistema MoMo); Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) y Nature Medicine; The Lancet y The Lancet Planetary Health (Universidad de Monash); Ayuntamiento de Medellín y Banco Mundial; Ayuntamiento de Barcelona.