La tarde del 29 de octubre de 2024, las redes sociales de la Comunitat Valenciana se llenaron de vídeos grabados desde ventanas. Agua marrón arrastrando coches por calles que minutos antes eran normales. Las alertas llegaron tarde o no llegaron. Los mensajes institucionales resultaron ambiguos. Cadenas de WhatsApp propagaban información contradictoria. La gente no sabía si aquello era una riada local o algo mucho peor. La DANA dejó más de 220 víctimas mortales en la Comunitat Valenciana. También dejó una certeza incómoda: cuando la emergencia ambiental deja de ser abstracta, la comunicación falla.
Apenas un año antes, en noviembre de 2023, el Centro Nacional de Educación Ambiental (CENEAM), dependiente del Ministerio para la Transición Ecológica, había publicado una guía que venía a responder exactamente a ese problema. Se titula Educación y comunicación ambiental. Guía de buenas prácticas para medios de información y redes sociales (ISBN 978-84-8014-976-1). El equipo redactor estaba integrado por profesionales de IMEDES —Gema Alcañiz, Javier Cebrián, Laura Doncel-Moriano, Jessica Peña y Dámaris Ruano— junto al investigador Daniel Rodrigo-Cano, con la coordinación editorial del CENEAM. Las infografías y el diseño gráfico también son de IMEDES.
La ambición del documento no era anticipar catástrofes. Apuntaba más bajo y, probablemente, más útil: fijar criterios comunes para que periodistas, divulgadores y gestores de redes informen sobre medio ambiente con rigor. Sin caer en el alarmismo que paraliza. Sin caer tampoco en la tibieza que adormece.
Quince meses después de aquella publicación, merece la pena releer sus diez recomendaciones. No porque hayan envejecido mal, sino porque los hechos les han dado una urgencia que nadie podía prever.
Por qué España necesitaba esta guía
La guía nace de un mandato concreto: la acción 6.1.3 del Plan de Acción de Educación Ambiental para la Sostenibilidad (PAEAS), aprobado de forma participativa en 2021 con horizonte 2025. Esa acción prescribe, literalmente, desarrollar alianzas estratégicas con medios de comunicación y agentes relevantes para la información y comunicación de públicos amplios.
El diagnóstico de partida no era nuevo, pero sí cuantificable. Cuando el equipo redactor analizó 44 documentos de referencia previos, comprobó que la inmensa mayoría giraban en torno al cambio climático. Biodiversidad, residuos, calidad del aire, contaminación acústica, gestión del agua: todo eso quedaba en segundo plano comunicativo. La guía del CENEAM busca ensanchar ese foco.
Y hay un problema de fondo que se verbaliza poco en documentos oficiales. La propia guía lo formula con una franqueza que merece ser citada como marco conceptual: el catastrofismo no favorece actitudes de cuidado del medio ambiente, y el negacionismo y el retardismo deben combatirse con información veraz y contrastada. Es una frase más valiente de lo que parece. Reconoce, sin rodeos, que una parte del fracaso comunicativo ambiental es autoinfligido por quienes comunican desde posiciones ambientalistas.
Cómo se construyó: cinco fases y más de cien voces
Una guía de buenas prácticas vale lo que valga su proceso de elaboración. Si la escribe un despacho aislado, es literatura gris. Si la construye una comunidad de práctica, tiene opciones reales de ser adoptada.
El proceso siguió cinco fases. La primera fue un análisis exhaustivo de 44 documentos previos. A partir de ahí se realizaron 18 entrevistas en profundidad a personas vinculadas con la divulgación ambiental, con guiones diferenciados para periodistas y para divulgadores. Un cuestionario online recogió las valoraciones de 46 profesionales más.
La cuarta fase es la que le da grosor al documento. El 17 de octubre de 2023 se celebró una jornada online con 41 participantes. Se presentaron cuatro experiencias de comunicación ambiental: José Ángel Núñez Mora, jefe de Climatología de AEMET en la Comunitat Valenciana, habló sobre redes sociales y comunicación científica; María García de la Fuente, presidenta de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA), abordó el periodismo ambiental; Atxe presentó la experiencia de Climática, el primer medio español especializado en cambio climático; y Andreu Escrivà compartió su trabajo en divulgación ambiental. Después, trabajo en grupos para reformular aquellas recomendaciones que no habían alcanzado consenso.
El resultado son diez recomendaciones que sobrevivieron a ese filtro. No son ocurrencias de un comité. Son supervivientes de un proceso con más de cien voces.
Las diez recomendaciones que lograron consenso
Las recomendaciones se articulan en dos bloques —contenido e imagen— y comparten un rasgo: están formuladas con la prudencia del consenso pero sin renunciar a la posición. Funcionan, además, como un diagnóstico invertido de lo que se hace mal.
La primera pide divulgar los conceptos técnicos precisos. No simplificar hasta la distorsión. Un «gas de efecto invernadero» no es lo mismo que «contaminación», y tratar ambos como sinónimos erosiona la comprensión pública a medio plazo.
La segunda es quizá la más difícil de aplicar: comunicar riesgo e incertidumbre sin exagerar ni minimizar. Requiere una competencia que escasea, la capacidad de transmitir probabilidades sin convertirlas en certezas ni en vaguedades. Tras la DANA, el debate sobre si AEMET alertó «suficiente» o «demasiado» ilustra la fragilidad de ese equilibrio.
La tercera apuesta por interactuar con la comunidad científica como fuente principal. No como fuente decorativa de una cita al final del artículo, sino como interlocutora durante todo el proceso informativo. La cuarta pide acercar la información en términos temporales cercanos: el cambio climático para 2100 es un dato; el cambio climático esta semana es una noticia. La investigación en comunicación climática lleva años documentando que la distancia temporal desactiva la respuesta emocional.
La quinta y la séptima son complementarias: conectar con realidades cercanas y vincular fenómenos globales con locales. La huerta de Valencia inundada comunica más que el Ártico derriéndose. No por falta de empatía global, sino por un mecanismo cognitivo básico: procesamos mejor lo que podemos situar en nuestra experiencia cotidiana. La sexta pide enmarcar la problemática ambiental en los estilos de vida: vincular la política energética con la factura de la luz, la gestión de residuos con el contenedor que cada vecino baja por la noche.
La octava reclama fuentes directas: testimonios de personas expertas, investigadoras o afectadas. Aportan una credibilidad que la información impersonal no consigue. La novena pide difundir iniciativas que funcionen, profundizando en logros verificables. No solo problemas.
Y la décima es la que más debate generó en el proceso participativo: cambiar el enfoque alarmista por uno positivo y motivador, sin ocultar la gravedad. No dice «sed optimistas». Dice: resaltad las soluciones y los esfuerzos colectivos para que las personas se sientan parte de la respuesta. La diferencia entre un relato de impotencia y uno de agencia colectiva puede ser la diferencia entre un lector que cierra la pestaña y otro que busca cómo actuar.
Lo que dicen las imágenes (y lo que callan)
La guía dedica una sección específica a la imagen, algo poco habitual en documentos de este tipo. Tres recomendaciones: utilizar imágenes que muestren personas actuando, priorizar imágenes propias o creativas frente a las de archivo, y usar imágenes de entornos identificables para las personas destinatarias.
Detrás de estas tres líneas hay una crítica concreta a una práctica habitual del periodismo ambiental: ilustrar cualquier noticia sobre cambio climático con un oso polar sobre un témpano. Es una imagen icónica, sí, pero refuerza la distancia psicológica que la recomendación número cinco intenta reducir. Un agricultor de la Vega Baja con el agua al pecho es más incómodo, pero también más honesto y más eficaz.
Después de la DANA: la prueba de estrés que nadie planificó
Doce meses exactos después de la publicación de la guía, la DANA de octubre de 2024 sometió cada recomendación a una prueba de estrés involuntaria.
Algunos elementos funcionaron. Las cuentas de AEMET en redes sociales demostraron que la interacción directa con la comunidad científica y el acercamiento temporal son eficaces: fueron las fuentes más consultadas en las horas previas al desastre. El propio Núñez Mora, que había participado como ponente en la jornada de elaboración de la guía, se convirtió en una de las voces más seguidas durante la emergencia. Meses después, su papel ha quedado atrapado en la polémica política y judicial sobre la gestión de la catástrofe, lo que demuestra una dimensión que la guía no abordaba: qué ocurre cuando la comunicación científica se instrumentaliza políticamente después de la emergencia.
En cambio, la conexión con realidades cercanas falló en la comunicación institucional. Los mensajes de las administraciones fueron genéricos cuando la población necesitaba instrucciones concretas para calles concretas. Y el criterio sobre imágenes propias quedó desbordado por una avalancha de vídeos ciudadanos que se convirtieron, sin que nadie lo planificara, en la fuente visual primaria de toda la cobertura.
La DANA no invalida la guía. La hace más necesaria. Pero revela una limitación que el propio documento reconoce al señalar que ofrece recomendaciones genéricas que deberán ajustarse a cada caso. Una guía de buenas prácticas no sustituye una estrategia de comunicación de crisis. Son instrumentos distintos.
Qué falta por hacer
La guía del CENEAM cubre un vacío que llevaba años abierto. Conviene reconocer lo que no hace. No establece indicadores de seguimiento. No prevé un mecanismo de actualización periódica, lo cual importa en un campo donde las plataformas cambian cada pocos años. Y no resuelve el problema estructural que late debajo de todas las recomendaciones: los medios españoles siguen sin tener secciones estables de medio ambiente, y quienes cubren estas informaciones lo hacen, en la mayoría de redacciones, como complemento a otras áreas.
El Decálogo 2026 de recomendaciones para la comunicación de la transición ecológica, impulsado por ECODES y el Observatorio de la Comunicación del Cambio Climático con apoyo del MITECO, incorpora ya la variable de la inteligencia artificial generativa y las nuevas formas de desinformación climática. Ambos documentos son complementarios. Pero su mera existencia paralela sugiere que el ecosistema español de comunicación ambiental aún funciona por iniciativas fragmentadas más que por una estrategia articulada.
Lo que sí existe es un marco de referencia verificable, consensuado y con ISBN. Eso, para un país que ha afrontado la peor catástrofe climática de su historia reciente con mensajes confusos en las primeras horas, no es poco. Es el punto de partida que faltaba para que cualquier institución pueda decir: sabemos qué deberíamos hacer. La cuestión, ahora, es si lo vamos a hacer.
IMEDES fue la entidad autora de la guía Educación y comunicación ambiental del CENEAM-MITECO, y acompaña a administraciones públicas, consorcios y empresas en el diseño de estrategias de comunicación ambiental, campañas de educación ambiental y redacción de guías técnicas. Más información en imedes.net